Hoy, 9 de agosto de 1914 se cumplen 100 años de la muerte del
presidente Roque Sáenz Peña, aquel que abrió las urnas para el sufragio
obligatorio, secreto y universal de varones.
Podría hablar de aquella importantísima ley, o de su heroica
actuación en la Guerra del Pacífico, o de su magnífica labor en materia de
derecho internacional público. Pero no, voy a dar testimonio de su simpático
carácter, con esta carta “privada” que le mandó a su amigo Eduardo Wilde el 25
de enero de 1912, dos semanas antes de promulgar la ley de sufragio universal.
“Mi querido Eduardo:
Muy complacido he recibido tu carta, gentil y cariñosa como
siempre. Los diarios me han atribuido, en efecto, la idea de visitar a mi
grande y buen amigo el Rey don Alfonso XIII, y tú que conoces todos mis viejos
afectos por la madre patria y su ilustre soberano, no dudarás de mi deseo de
corresponder a la visita de la Infanta y a los extraordinarios homenajes de que
fui objeto de parte de S. M. durante mi estada en esa. Mi recuerdo no puede ser
más grato y guardo para el Rey Alfonso una amistad personal que no se borra ni
se olvida. Va sin decir, que mis impresiones se acentuaron por la suntuosa y
sincera acogida con que me recibieron Guillermina y tú (primero la belleza y el
uniforme después, aunque el talento le dé brillo). Siempre recuerdo aquel hogar
amigo en que viví expansivamente.
Con estas evocaciones y a pesar del deseo de renovarlas, yo no
puedo moverme de aquí, porque estoy empeñado en una evolución que exige mi
presencia y mi acción personalísima.
Me aseguras que te irás al cielo, y debo respetar tu
itinerario, aunque me asaltan dudas
sobre lo que hará San Pedro cuando te presentes por
alojamiento. En realidad no eres tú sino el consejo de la corte celestial quien
ha de decidir de tu admisión. En cambio, creo que los presidentes se tienen
ganado el cielo por las torturas sufridas en la tierra. Me dirás que los
ministros también pasaron las suyas, pero tú no perdiste nunca tu buen humor y
a mí me suele faltar ese compañero ameno de las horas fuertes. A través de esta
pequeña filosofía, te debo mi opinión franca: tengo confianza en que los dos
nos iremos al infierno.
Mucho agradezco el sincero ofrecimiento de Guillermina y de ti.
Aunque la persistencia te dé rabia, la he de poner primero siempre, y ahora con
mayor razón, porque de los tres moradores del palacete encantado, ella es la
única que tiene ganado el cielo. ¿Por qué? Por haber sobrellevado tus rezongos
en lo que atañe al régimen doméstico-financiero. He podido darme cuenta de
cierta disparidad de tendencias y aspiro a ver triunfantes las de Guillermina.
Quiere y debe mantener la representación con cierta suntuosidad, que pude
observar y aplaudir.
Hace muy bien. No tienen hijos, de los parientes el único
notable eres tú, como es excelsa la compañera que endulza tus días. ¿Qué mejor
destino puedes dar a tus bienes que gastarlos en el hogar y en la patria? Me
anticipo a tu monólogo: ‘Este Roque no puede con el genio: en lugar de poner
orden en las finanzas de su país, viene a entrometerse en las mías.
Guillermina, que no necesita estímulos para gastar, se va a desmoralizar con
esta carta. Será menester que no la vea y sin otra ulterioridad irá a la caja
de fierro para que no la conozca hasta después de mis días. Roque habrá perdido
su tiempo y ésta será mi gran venganza’. Sea, pero si tal sucede, irá otra
directa a la interesada.
Me ofreces romperme el cráneo por medio de tus mecánicos
diplomados por el Ayuntamiento para matar a las gentes. El convite me parece
excesivo y has podido suavizarlo. Tú tienes una profesión y has adquirido un
diploma que te habilita para fines y resultados idénticos. ¿Qué necesidad
tienes de estrellarme contra un poste? Te desconozco en el temperamento
escogitado.
Otra vez mil gracias por tus sinceros ofrecimientos con
afectuosos saludos de Rosita y míos para Guillermina y un apretón de manos de
tu amigo
Roque Sáenz Peña”.
La carta respondía a una de Wilde, de un mes antes, 25 de diciembre de
1911, que decía así:
“Mi querido Sáenz Peña:
¡Qué buena carta me has escrito!
Ella me ha compensado de las cavilaciones que me causaba tu
largo silencio.
Con gracia y acierto me preguntas si estoy seguro de que mi
aburrimiento es local y si no lo llevaría a cualquier parte que fuera.
Creo que lo llevaría hasta el cielo, a donde iré seguramente
por haber servido a la Divina Providencia, que tuvo a bien mandar el cólera y
la fiebre amarilla a Buenos Aires.
Dicen aquí, los diarios, que vienes pronto a devolver la visita
que hizo a la Argentina la
Infanta Isabel.
Si vienes y no te alojan oficialmente, te alojarás en casa; no
entiendo que eso pueda ser de otro modo.
Vendrás con Rosa, naturalmente; les dejaré mi departamento
completo sin que ello cause la menor incomodidad, pues arriba tengo otro igual.
Nada faltará sin que nadie se moleste.
Tendrás un automóvil grande o chico, servido por mecánicos
diestros y autorizados por el Ayuntamiento a matar gente, llevándosela por
delante.
Te agradezco tu conversación con Bosch y con Figueroa; son como
tú muy buenos amigos míos.
Pídote saludes a Rosita a nuestro nombre, cariñosamente, y a tu
hija también. Guillermina te devuelve tus afectuosos recuerdos y yo te mando la
ratificación de mi invariable amistad.
E.Wilde”