En homenaje al genial sanjuanino, aquí va un estudio sicológico que hizo Wilde en 1900
Veo que le han hecho una fiesta espléndida a la estatua de Sarmiento. Desgraciadamente el original no sabrá nada de eso, habiéndose ido de este mundo cargado solamente con los denuestos, injurias y demás lindezas de sus detractores de treinta años. Todas las biografías son falsas porque contienen no el retrato del biografiado, sino su copia en el cerebro y las pasiones del biógrafo. Generalmente son demasiado elogiosas y pasan por sobre los vicios y defectos sin mirarlos o atenuarlos, porque los autores no tienen por punto de mira el bien del sujeto en cuestión, sino su propia reputación literaria o de historiador (…). Así, todo cuanto dicen ahora de Sarmiento peca de inexacto en falla o en exceso; inclusive el siguiente juicio:
Sarmiento no era propiamente un hombre de Estado, aun cuando tenía muchas de las cualidades necesarias para serlo. Era irregular e inestable en muchas de sus doctrinas; sus conocimientos no estaban sujetos a método alguno y su instrucción parcial y a vetas, con estrecheces y expansiones no siempre explicables, adolecían de las deficiencias propias de la falta de disciplina universitaria. Sus pasiones bien acentuadas, como que se habían criado sueltas en las épocas de revolución, de odios y persecuciones, enfermaban a veces su juicio, y como éste correspondía a un cerebro poderoso que tenía dotaciones de genio, sus alejamientos de la verdad normal marcaban más bien saltos que pasos. Su alma se asemejaba a un bosque de zona tórrida en el que no faltaran, a pesar de las leyes de la vegetación que excluyen los exotismos, plantas cultivadas de otros climas; y todo esto era abundante, vigoroso, semiconfuso pero fecundo, potente y fertilizador.
Sarmiento no nació para ser entendido, sino sentido. Era un grito, no una palabra. Por eso pudo hacer lo que no fluía netamente de su estructura: enseñar métodos de educación siendo el ser más antimetódico que haya existido, precisamente por cuanto su talento tenía vetas de genio y los genios no obedecen a los reglamentos.
El enseñaba hasta lo que no sabía porque lo evocaba y hacía nacer en su auditorio con su gesto, con una interjección.
Propiamente las masas de ideas que poblaban la cabeza de Sarmiento no podían llamarse conocimientos, sabidurías; él no sabía nada, porque nada había aprendido; él había producido por sí mismo su dotación de nociones, casi en la totalidad de su extensión, y procedía como los astros luminosos que no saben nada de la luz, pero la generan, la gestan –dispense el verbo-, y la derraman a torrentes sobre los orbes.
Había en sus modos de discurrir algo del procedimiento de los preparadores de museos para con los huesos incompletos cuyos agujeros y fallas llenan con yeso, dando a la parte añadida contornos probables en el hueso natural, pero de pura suposición cuando faltan los modelos.
Así se manejaba Sarmiento ante las deficiencias de su información; su alta inteligencia llenaba los claros por intuición, por deducción, por analogía, por inducción, por ampliación, por invención, finalmente.
A veces le ocurría inventar el hueso entero para completar el esqueleto y el hueso resultaba ser de otro animal; o le solía salir largo, torcido, contrahecho, exagerado en un sentido o en otro, y la exageración, como se sabe, es uno de los casos de la mentira. Sarmiento, por esta razón, y una vez puesto en la corriente, mentía, pues, cuando venía a mano, en sus citas y en sus afirmaciones; y al recordar esto no ofendo al eminente amplificador, por haber dicho él mismo, en alguna parte, que los Sarmiento tenían fama de embusteros. Por lo demás, casi todos los oradores de su tiempo participaban de esta socorrida ventaja. (…)
La verdad es que al oír discurrir a Sarmiento, con aquella su abundancia de ideas, con el vivo colorido de sus frases, con la firmeza de sus periodos, con la proliferación y tropical frondosidad del mundo de sus doctrinas y principios, nadie sospechaba la deficiencia de sus datos y las fallas de sus estudios y lecturas.
Hablando, parecía maestro en todo: en ciencia, en arte; en todas las ciencias y en todas las artes, hasta en las novísimas manifestaciones de la política, la economía y la ciencia social.
No obstante, un diagnosticador de los procesos cerebrales en la formación de las ideas, juzgando fríamente, habría encontrado que parte del bagaje capitalizado era el producto de una singular y constitucional autogestación, y por eso también, en el conjunto, habría notado enormes vacíos, pues en los conocimientos del hombre, las lagunas no alcanzan a llenarse sino por concurso de pensadores por maduración de las ideas a través de generaciones.
Una fórmula puede ser entrevista por el genio que salta sobre los detalles y los antecedentes racionales, sin verlos ni sospecharlos…
La educación, o más bien la instrucción primaria, le debe mucho, pero no se lo debe todo, como algunos pretenden. Le deberá tal vez lo principal y le debe, sobre todo, esto, para lo cual se necesitaba coraje y condiciones excepcionales: ¡el haberla puesto de moda! (…)
¿Por qué Avellaneda, habiendo sido un hombre de estado tan eficiente y tan notable, no tiene ahora, ya, también, su estatua a la par de este don Faustino, como él le llamaba, cuando se las había con alguna de las genialidades de su presidente?
Por causas naturales; porque la tierra necesita preparación y tiempo para dejar brotar ciertas plantas.
Porque se siente antes los efectos de una tormenta que los de una lluvia fina y continua.
Sarmiento llenaba la atmósfera de rayos, relámpagos y truenos. Avellaneda envolvía la tierra en que pisaba en una nube; la empapaba, la penetraba, la abrigaba y la fecundaba. Su trabajo era lento y por lo tanto menos perceptible. Pero ¿quién podía dejar de oír a Sarmiento? El sello más indeleble de su persona síquica era “la imposibilidad de pasar desapercibido”.
Donde él estaba había conflicto, gresca, pelea, batalla, terminando todo ello, en la mayoría de los casos, por un beneficio positivo para su país, por el establecimiento de una doctrina favorable, de una conquista en el camino de la civilización. Así, en todas partes, este hombre extraordinario resultaba “educando” por vías incalculadas y siendo él mismo ineducado e ineducable, o sea, para evitar malas interpretaciones, inmoderado e inmodelable.
Su estatura, su cuadratura –diré-; sus maneras, su voz, las acciones de sus manos, los movimientos resueltos de su cabeza, el temblor que esos sacudimientos imprimían a sus mejillas cuando la edad había aflojado la trama de sus carnes; sus facciones, su frente, su nariz chica, desproporcionada; su boca gruesa, expresiva; todo en él expresaba energía, resolución, firmeza. Su cara y la actitud de su cuerpo provocaban, desafiaban y transparentaban el deseo de ser agredido para agredir él a su vez, y era la efigie del atleta que se prepara a la lucha. Había en su mirada por momentos cierta ferocidad y en su aspecto, cuando iba a comenzar un discurso en el Senado, algo de animal antiguo y formidable; parecía que de las razas extinguidas se había levantado un representante antediluviano, y el que oía su oratoria no tenía tendencias a modificar su impresión, al medir las zonas, los espacios, y las épocas históricas que abarcaba, como si expusiera la gestión entera de la raza humana. (…)