Al mediodía del
21 de septiembre de 1888 llegaron a Buenos Aires los restos de Domingo Faustino
Sarmiento, quien había muerto en el Paraguay el día 11. Fueron recibidos en el
muelle, bajo una lluvia copiosa e incesante, por una muchedumbre encabezada por
el presidente de la República.
El Ministro del
Interior, Eduardo Wilde, fue el encargado de hablar en nombre del Gobierno. Luego de unos párrafos convencionales, dijo:
“La onda de la revolución meció su cuna, allá en los
principios de nuestra independencia; su infancia y su juventud tuvieron por
escenario comarcas sacudidas por los trastornos de la lucha; su virilidad
siguió los conflictos de la guerra, y su edad madura contó sus días por los
momentos angustiosos de la patria.
Lleva al morir el consuelo de ver su país próspero,
organizado y poderoso, y su conciencia satisfecha le mostrará las conquistas
alcanzadas con el concurso de su grande influjo.
Hombre de combate y de progreso, no tuvo
desfallecimientos ni temores. Mezcló su suerte a todos los acontecimientos de
la república: dioles impulso cuando comenzaron sin su anuencia, o los hizo
brotar con su espíritu batallador e indomable.
No nació Sarmiento para la placidez y la ternura,
aunque no faltaron en su vida situaciones patéticas ni fueron extrañas a su
goce las notas melancólicas y sencillas del sentimiento delicado; su fuerte
corazón se dejaba conmover de preferencia por los altos destinos de su tierra,
y su cerebro vigorosamente organizado dedicó más bien su pensamiento a las
arduas cuestiones de su tiempo.
Le debe la república el haber reivindicado como
presidente el principio de autoridad, del cual hizo su doctrina en el mando,
enseñándola a los pueblos desde las eminencias del poder y practicándola con
tesón en las esferas del gobierno.
Su ambición fue el orden, su fantasma la anarquía, y
su intensa preocupación librar a los argentinos de caudillos y demagogos, para
los que no tuvo piedad ni perdón.
La atmósfera política tiene sus rumores sordos que
anuncian la tempestad próxima a estallar, o los estremecimientos de la tormenta
ahogada. Sarmiento los oía, en las capas inferiores de una población sin
tradiciones, y comprendiendo que de allí provendría todo peligro, mantuvo
ardiente su propaganda formidable contra todo aquel que osara levantarse para
derrocar la autoridad constituida, en nombre de derechos ilegítimos,
alimentados por la ignorancia y la barbarie de los campos o fomentados por la
ensimismada altanería de las ciudades.
Como los hombres eminentes de la Prusia, comprendió que la
educación del pueblo era la palabra poderosa de su engrandecimiento, y, único
maestro que no fue jamás discípulo, hizo de la escuela el elemento primordial
del orden público y la base inconmovible de la regeneración social.
No acordó solamente a la enseñanza su meditación y su
saber: le consagró lo mejor de sus horas, y consiguió amalgamar la esencia de
su ser con los procesos de la educación primaria.
No fue disciplinado ni metódico en su trabajo por el
bien del Estado, pero sus actos determinaron siempre corrientes impetuosas que
produjeron innegables beneficios.
No deja como Alberdi una doctrina sistemada de
organización política; ni como Vélez Sarsfield un monumento jurídico; ni como
Avellaneda las bases de la legislación sobre tierras; pero su actividad siempre fecunda engendró un
conjunto más trascendental y más valioso, pues no hay institución, reforma ni
accidente de la vida democrática que no tenga rasgos de su genial talento y de
su incansable energía.
Poseído de sí mismo, tuvo tan grande aprecio por sus
dotes, que fuera atrevimiento ante sus ojos desconocerlo o moderarlo. Hombre de
estado, con sedimento propio, no aprendía: enseñaba. Sus constantes y selectas
lecturas le permitían asimilar la ciencia humana, pero las ideas al pasar por
su cerebro se adaptaban a su índole, se transformaban y adquirían los tonos de
su brillante y animosa originalidad.
Su literatura era autónoma y personal; abstrusa,
enmarañada, viril y majestuosa, como la vegetación de las selvas escondidas en
que los árboles corpulentos se entrelazan con las lianas a las malezas. Los
documentos públicos debidos a su pluma, sus discursos parlamentarios, sus
arengas inaugurales y sus escritos en la prensa, que representan la producción
de cien pensadores, revelan los recursos de su genio. Sus obras meditadas
contienen páginas hermosas en que campea el deleite y el buen gusto; algunas de
ellas son modelos literarios que no han sido, por cierto, superados.
En la ruda polémica, sus frases despiadadas, a manera
de moles de granito movidas por titanes, caían sobre el campo de la lucha,
destrozando adversarios e inocentes, en tanto que él como una esfinge recibía
los proyectiles lanzados a su cabeza, sin que jamás le hirieran.
En el cuadro de mi discurso, no cabe su retrato.
Ninguna alocución que pronunciara estaría a su medida.
Sarmiento es una gloria de la República. Cuando
pasen los años, y la historia, a la par de la leyenda, hable a las generaciones
futuras describiendo su colosal figura; cuando el soplo de los tiempos lleve en
sus alas el nombre venerado de este ilustre ciudadano, diez millones de
argentinos lo repetirán con entusiasmo, y la patria que, como la religión,
tiene sus santos, colocará en los altares la efigie del hombre que supo
ilustrar su época y su pueblo con los destellos de su potente inteligencia.
El gobierno argentino tributa hoy los merecidos
honores a su memoria, y el Presidente de la República que asiste a sus exequias
lo recomienda a la gratitud de sus conciudadanos”.
Habló luego
Pellegrini en nombre del Senado, y más tarde, después de una conmovedora
procesión por las calles repletas de fieles, Aristóbulo Del Valle, Benjamín Zorrilla
y varios otros lo despidieron en la tumba.
Los discursos
inmaculados de Pellegrini y Del Valle, bellos y convencionales, fueron
aplaudidos por toda la prensa y repetidos por la Historia. El de Wilde fue
trascripto por muy pocos diarios: era demasiado realista y en la Argentina los
héroes son de bronce perfecto o no son. El héroe de bronce no faltó un solo día
a la escuela, pasara lo que pasara. El magnífico e indisciplinado héroe de
Wilde fue el “único maestro que no fue
jamás discípulo”, el que no aprendía, sino que enseñaba, el que podía
lanzar frases despiadadas, que “caían sobre el campo de la lucha,
destrozando adversarios e inocentes”.
No hay comentarios:
Publicar un comentario